11/11/11

magacine de Julio

“A suerte de distanciamiento estético y de...

En estas líneas se encuentra un imperioso deseo de trascender típico de un adolescente un poco grande (puesto que el escritor, ergo yo “a suerte de ensayo”, tengo al rededor de los 21 y ahora como veititres cuando solté estas cápsulas que buscan ser parte de la literariedad), típico del miedo a la muerte...

Tormenta de mango y dientes.

En ese instante, simple movimiento de ágil aguja frágil que, ese odioso reflejo dio a sus ojos, paso por la lluviosa ventana, la eléctrica luz violeta -esa que anticipa un estruendo sonido-, dio en la hoja y este, lo cegó, temor. Hacia mucho que no sentía miedo.

Las tormentas lo calmaban pero, saber cuando iba a morir no; darse cuenta que es el comienzo del descuento no es lo mismo que estar en el comienzo del final, pues estamos desde que nacemos, y saber que estas en los descuentos es otra cosa. Lo anticipo ese plateado destello.

Dolor, ahogado en sangre, ojos secos, garganta atada, apuñalada, un trueno, tal cual lo había previsto el cuchillo en el aire. Repetidas veces notar los órganos desgarrarse, moriría ahí, sin nadie más, ya que no hay marcha atrás, “tic tac”.

Destello, trueno, sangre, relámpago, puñalada, sangre, cuchillo al aire por dos manos. Relámpago que ilumina la triste escena triste, baja hacia alguna parte del cuerpo, suena el trueno que calla el lamento, además de que hay dolores mudos, sangre.

Los rayos son distintos, únicos, una gran descarga de energía eléctrica. Cuando a alguien le viene un ataque cardiaco, su reloj de agujas para, es por la energía desprendida. Los rayos no anticipan, se sabe que en una tormenta caen, pero hay casos en que solo estaba nublado pero, siempre esta nublado. Rayo. Callo.

Cromado aire pesado.

Y el individuo no soporto más; comenzó por suaves ráfagas de plomo, indiscriminadamente mataban personas al azar, niños y niñas, embarazadas, jóvenes, madres, ancianos, adultos, buenas y no tan malas personas, altos y gordos, bajos y flacos, no les importaba la etnia ni nada. Todos al pequeño espejo, se miraban. Era totalmente igualitario, 100% al azar –aleatorio-; aunque en algún recóndito momento intento ser pensado, pero no, no pudieron con la Shakespeareana dicotomía, la duda, el dominante azar… y así fue en el principio: primero en poblados pequeños, no más de diez millones de habitantes, el persona humana[1] atormentado con armas de fuego, preferentemente automáticas, en cualquier lugar sin importar el día o la hora o incluso sin importar a quien, comenzaba a disparar el dominante azar, y era tan así la realidad, la del tremendo azar, que no le importaba donde iría a terminar: o esquivar las infinitas miradas deambulando eternamente por el pantanoso asfalto cromado para repetir, en algún momento, el maldito momento de fuego lento; o terminar como los que se les dirigió sus plomados átomos; o la mejor de las mejores: ir a la cárcel, donde a uno se le respeta, se le quiere, se le da comida y un techo donde vivir. Pues allí le darán apreció por matar por medio del bendito azar… los traficantes de armas me alimentaban.

Esa acción colosal del titánico azar a los multinacionales faraones de dinero lavado, antes lastimado, les favorecía, por eso los fabricantes de armas metieron mano, adornaron, mimaron, cuidaron, fueron la mano que mece la cuna enalteciendo a los asesinos primeros, los liberadores del azar además de ser acogidos por el Estado por medio de la última institución del orejón del tarro, además del amplio respeto a causa del sorprendente miedo de los demás presos, eran financiados por anónimos formales. Debajo de cálida cuna enrejada el persona humana se juntaba, y observaba, desde afuera de la ventana enrejada al privilegiado en la cálida cuna carcelaria.[2]

Los Inocuos[3] no solamente estaban en pequeños poblados sino que ellos incidieron en las megápolis, siendo el gozne de la semiótica reconstrucción de la cosmovisión de prestigio y respeto, dando pie al segundo paso: auspiciados los Inocuos por las endemoniadas[4] sombras elementales, multinacionales, eran disfrazados, tapados con cadáveres de ovejas y así inmensamente aumentaban su cantidad, y ya no solo en insignificantes países. El reino del azar se expandía, era una inmensa moneda, toneladas de plomo girando en los aires.

Así es que los Inocuos, patrocinados por la industrial tintorería del dinero, les daban una nueva identidad, altamente robada, y una nueva vida, una vida ultrajada, y así nunca los atraparían, siempre los soltaban pues a los gobiernos no les ayudaba (ellos ya no comandaban ni gobernaban) en las cárceles se amotinaban y manipulaban; y por fuera de las rejas, alteraban la vida cotidiana, hacían accionar el ligero gatillo en cualquier coordenada de tiempo, espacio, dirigida a cualquier historia viviente caminando hacia un futuro presente, el equivalente azar de la bala se apoderaba de toda vida.

Y el individuo no soporto más; lo que comenzó con pocos personas humanas, unos pocos locos con uzis mataban gente al azar, los otros aterrorizados se iban corriendo, despavoridos hacían nada, y esos asesinos podían seguir su vida, ser victimas de una dirigida bala, o ir a la cárcel que luego se convirtió en la cuna del prestigio. Este fenómeno se dio, inicialmente, en pequeños países para luego expandirse gracias a la influencia económica[5] ya que está aumento ese tipo de asesinatos generando un ejército de locos en las cárceles, y los asesinos primeros fueron corruptamente liberados y, además de ser iconos, eran una especie de caudillos. En varios países se organizaron motines en las cárceles, las fuerzas del orden no pudieron pararlo[6]. Un montón de descarrilados entregados al azar de soltar balas en y a cualquier lugar.

Ya uno solo que soltaba una mortal ráfaga generaba contundentes causas de muerte: el pequeño plomo se maximizaba en grandísima chatarra que con motor andaba, pues al matar a conductores el auto a cualquier lado, imagínense con ómnibus o camiones; ahora súmenle no uno solo sino una loca bandada, y encima auspiciada y que al mundo poco a poco dominaba.

Ahora no tienen nada que soportar, nunca más todo.

El maldito azar fue tanto su dominar en el mundo global que la gente no salía por miedo de ser liquidada[7].

Fue tal la incidencia, el dominio, el poder del azar en plomo en la universal concepción paradigmática en el inconciente colectivo que el silencio suplanto las palabras. AHORA nacen, TODOS, ciegos y sordos, aunque en los inicios no fue así, algunos pocos no nacían ciegos y sordos, sino que entendían el entender pero estos al final fueron llevados, exterminados por aquel caótico[8] mundo.

Amolienda (al cementerio celular, la piel)

Rompiendo con la facilidad de un borroñado papel mojado toda su nula piel. Y uno se detiene, y como si nada, y en un cruce un camión y con todo se peso en una amoliendica velocidad lo arrolla a uno. Y, a la “Última sentencia[9] se le agrega: “desolado y, ni las lluvias heladas compañía te harán en el desesperado patio entechado. Uno se está enterrando en sus pasos asfaltados.

Inicio del fin

Los vidrios vibraron, se rajaron, de a poco veloces agujas lo fueron quebrando, un rayo ilumino la sala, allí parado, sin ingresar, esperando que bajen las manos, esperando que mires a otro lado… para entrar por lo bajo, para cortarle los talones, caerás al suelo, sin aliento, miedo, tembloroso sudor, agobiado, arto de intentar, revolcando, golpeando el suelo y las paredes.




Saluda attentamente Julio Arenas.



[1] Se toma la libertad de utilizar la supuesta agramaticalidad, rasgo de la literariedad para referirse a individuos de una determina sociedad, una sociedad que discrimina, una sociedad consumista, una sociedad englobada, inserta en la cultura de la satisfacción efímera através del dinero, una sociedad que se genera volátiles necesidades, una sociedad altamente e innecesariamente fragmentada, con tal grado de fragmentación que la anomia es inmanente de tal forma que, altera la gramática y la manera de ver “el mundo”.

[2] La influencia económica (más allá de que sea una redundancia), por parte de los traficantes en los asesinos primeros incidieron en su prestigio dentro de su amada cárcel hizo que fueran venerados, adorados y fueran figuras, iconos a seguir. Era visto como una forma de ascender de clase social, eso incrementó altamente los asesinatos por las calles. Pero no cualquier sino por el azar dominador.

Incluso los fabricantes movieron sus fichas en las puertas corruptas, y hacían salir a los asesinos primeros, su posición en la cárcel era tomado por otro empero fuera de ésta, la cárcel, los asesinos primeros eran como lobos disfrazados de ovejas que comandaban los densos rebaños. Eran llamados Inocuos.

[3] Lea nota 2.

[4] No se sabe si tiene connotación religiosa o si se refiere a seres con el formal accesorio de moño.

[5] Otra no hay.

[6] Tan fuertes que se amalgamaron en uno solo.

[7] Aquí es donde entra la nueva concepción de la vida y muerte; una nueva cosmovisión semiótica en el inconciente colectivo que dividía la vida en o respirar o plomo, pues de otra cosa no morirías, no, allí no morías, te mataban.

[8] Entiéndase como derivado del Caos[8].1.

[8].1 Orden no ordenado; orden no comprendido; el supremo azar de la causalidad que otorga la coincidencia; la no concepción del orden[8].2.

[8].2 En el caso anterior tomar Orden como el saber donde están las cosas: conocer la ubicación de un componente en la incidencia de un sistema8.3.

8.3 Sistema: un algo constituido por partes que se interrelacionan donde la modificación de una de sus partes altera al todo, al algo.

[9]Última sentencia” es una condena que dice: <>.